jueves, 2 de abril de 2015

"...en los tiempos actuales, tiempos en donde la totalidad de lo real intenta decidirse por opciones contradictorias, con lo cual la adhesión de una de ellas, implica el rechazo a la otra; como sí, la vocación cibernética de nuestro final de siglo, al desarrollar la suma de las relaciones lógico-matemáticas en códigos binarios, hubiera ya cubierto todo el espectro posible de las relaciones humanas, y por lo cual ellas también tengan que ser calificadas binariamente, dicotómicamente, sin haber lugar para puntos de comunicación entre una y otra de las alternativas. Por el contrario estamos tentados a afirmar, que cuando de las relaciones humanas se trata, la opción que se debe privilegiar es la intermedia entre ambos extremos".
Armando S. Andruet. 

miércoles, 25 de febrero de 2015

El jardín de la melancolía

Una línea intermitente se extiende hacia el horizonte, allá donde al parecer se encontrará con otras dos líneas que corren a su lado. El cielo forma un degradé de colores por encima suyo, comenzando por el celeste a su izquierda e, inexplicablemente -o tal vez naturalmente explicable-, se transforma lentamente en un naranja rojizo hacia la derecha. Generalmente duerme en los viajes en auto, quizás mejor de lo que suele dormir en una cama, pero esta vez le es imposible siquiera cerrar los ojos. Su estómago es un trabajo que resulta imposible hasta para la virgen desatanudos. Su personalidad se destaca por ser de los que son muy ansiosos por llegar, los que de pequeño preguntan "¿Falta mucho?" como si eso pudiese acortar el trayecto, o acelerar el tiempo; pero en esta ocasión todo lo que desea es seguir viendo esas líneas intermitentes, y nada más.
En un momento determinado (o más vale indeterminado), las ruedas comienzan a girar, y el animal de metal que los lleva sobre el lomo se sale de la autopista para ingresar a una ciudad. Él no se encuentra ubicado; si bien visitó incontables veces este lugar, esta vez le resulta completamente desconocido, lo desconcierta. Se frenan ante las luces rojas, avanzan ante las verdes, giran, esquivan motos que llevan gente sin casco, frenan, avanzan, giran, estacionan; pero todo lo que quiere estacionar él es el tiempo.
Baja del auto, ella hace lo mismo, y luego bajan entre los dos al chico, que los mira sin poder comprender a dónde lo están llevando. Cruzan de la calle tomados de la mano, todas sudorosas, y tocan la puerta. Aparece una mujer de rostro amable, que les da la bienvenida y los hace pasar. Adentro flota un olor extraño, como a sopa mezclada con pis y tristeza. La mujer, vestida de blanco, los hace recorrer el lugar. Les muestra los baños, el patio, la sala común. Dibujos cuelgan en las paredes, junto con un almanaque en el que se destacan las efemérides y los cumpleaños. Sillas y mesas abundan, y entre ellas se encuentran dispersos diversos aparatos. Ocupando la escena se encuentran chicos y chicas. Algunos sentados, otros hablando, unos pocos gritando, otros mirando televisión. Unas juegan a las cartas, otros beben yogurt de un vaso de plástico con sorbete; todos son niños, deambulando en su propio mundo.
Se sientan. El chico los mira fijamente, y a pesar de que ninguna palabra coherente sale de su boca, lo que dicen sus ojos es aún más claro. "¿A dónde me trajeron?" cuestionan los iris color marrón. "Te vamos a dejar acá por un rato, pero cuando menos te des cuenta vas a volver a casa" dice ella. Él no responde, porque sabe que es mentira. Existen tres tipos de mentiras: las maliciosas, las piadosas, y las que se dicen cuando ambos saben la verdad. Éstas son las que más duelen, y éstas eran las que se estaban diciendo ahora. Ella sabía que él no iba a volver a casa, pero le dijo que sí lo haría; y el chico también sabía que nunca se iría de allí, pero sin embargo le asintió en respuesta.
El resto de la tarde hubo silencio. El silencio es calma, pero puede ser caótico al mismo tiempo; como un huracán que te destruye sin moverte de tu lugar. ¿Qué significaba? ¿Los estaba culpando? ¿Los entendía? ¿Acaso pasaba algo por ese entramado de neuronas? El corazón le dolía al ver a su chico, pero un dolor muy distinto al que puede sentir un corazón enamorado. ¿En qué momento había caído en ese estado? Ese chico, cuya mano había usado para poder apoyarse y así dar los primeros pasos, que ahora usaba su mano para dar él los suyos. ¿Cómo podía ser? Parecía imposible. Pero lo era. Habían hecho lo que pudieron, para poder mantenerlo en casa, pero la situación ya no daba para más. ¿Estaban tomando la decisión correcta? ¿Estaban traicionando a quien siempre había estado a su lado? El desconcierto era tan grande que era devastador, la situación era asimilable a lo que se siente cuando una ola te toma por desprevenido y te arroja hacia atrás, y uno se levanta medio ahogado y completamente desorientado.
Una chica lo agarra para decirle que tiene lindos ojos, otro pregunta si le pueden abrir la puerta, una a lo lejos pregunta qué hay para comer, y otro lanza gritos sin sentido. ¿Cómo podía ser? Él amaba ver películas de superhéroes, y al observar cómo una pelirroja destruía toda una isla con sólo pensarlo, se decía así mismo "no hay manera de que algún día nuestros cerebros puedan hacer eso"... pero se equivocaba; la mente humana tiene el poder de destruir una vida y arrastrar con todo a su paso, incluida la vida de los demás, sólo que quizás no de la forma en que lo muestran los cómics.
Llega el momento en que deben marcharse, las manos siguen aferradas como si sus vidas dependieran de ello. El chico no quiere quedarse, ellos no quieren irse. La mujer de blanco asegura que el chico va a estar bien, ellas lo van a cuidar; pero, ¿realmente lo van a cuidar? Porque sólo ellos saben cómo cuidarlo... ¿o no? El chico llora, ellos lloran mares. De una forma u otra se separan y ellos emprenden su camino hacia la puerta, caminando entre niños arrugados que pasan sus días en el jardín donde nadie ríe, o los que lo hacen no entienden el motivo. Un jardín donde los juguetes sirven para caminar, donde las comidas carecen de sabor y los yogurts se venden en farmacias; un jardín con un patio que no se usa para jugar, y las mujeres de blanco tienen una paciencia especial. Un jardín donde quienes traen a los miembros lloran más al marchar que quienes se tienen que quedar, y se van con la esperanza de que algún día se los puedan llevar. Sin embargo, saben que eso no va a ocurrir; y a pesar de que la graduación significa que van a seguir creciendo (aún más), suena a un estadio mucho más lindo para poder la ¿vida? ver pasar.

domingo, 2 de marzo de 2014

El tic tac del corazón

Caminás por la calle. Observás detenidamente que mucha gente tiene reloj. ¿Será lindo tener un reloj? Lo debe ser. Ahora, vos también querés tener un reloj. Empezás a buscar en las relojerías. ¡Qué manera de haber relojes! Relojes negros, plateados, blancos. Relojes a aguja y digitales. Relojes caros y baratos. ¡Cuánta variedad! Viste varios que más o menos te gustaron, pero vos no querés un reloj cualquiera; querés un reloj que al verlo pienses "ese tiene que ser mi reloj". Entonces, ansioso, te quedás a la espera de tu reloj. De un día para el otro, las vueltas de la vida te llevan a encontrarte con lo que estabas buscando, o a lo mejor ya no estabas buscando, pero lo encontrás igual y sabés que inconscientemente nunca lo habías dejado de buscar. Es perfecto; y lo mejor es que realmente querés que ese sea tu reloj. Analizás el precio, ¿te lo podés permitir? Hacés el esfuerzo de todas formas. Si tenés suerte, podés comprarlo. Apenas salís del negocio te lo ponés en la mano izquierda. O derecha. ¿Quién es el que decide en qué mano se usan los relojes? Vos lo hacés a tu manera. Qué lindo es tu reloj. Al principio, su uso te genera un poco de incomodidad. Pero qué lindo es tu reloj. No podés sacarle los ojos de encima. ¡Qué feliz estás!

Los segundos, minutos, horas, días, pasan en tu muñeca. Te acostumbrás a tu reloj. ¿Es lindo? Parece que sí. Ya no estás muy seguro si te parece la gran cosa. Pero es tu reloj. Tiene sus rayones. ¡Qué dolor que causaron esas rayas! Pero sobrevivió. En un momento te molestaron, pero ya no las notás. 

Un día se rompe tu reloj. ¡Ya no sirve! Lo llevás a arreglar. Qué raro se siente no tenerlo puesto, ¿no? Sentís un cosquilleo en la muñeca, allí donde tendría que lucirse esplendoroso tu indicador de la hora. ¡Cuánto lo extrañas! Ya está un poco maltrecho, pasó de moda, pero es tu reloj. Qué felicidad te da ir a buscarlo. Pocas cosas son tan emotivas como el reencuentro entre tu muñeca y su protector reloj. Él la proteje, de la suciedad, del sol, del paso inadvertido del tiempo; o mejor dicho, tu reloj hace que tu muñeca le de importancia al tiempo, y que éste no pase porque sí.

Día fatal. Perdés a tu reloj. O se rompe y ya no puede arreglarse. Esta vez el picazón de la muñeca no va a poder aliviarse, porque tu reloj ya no va a volver a enrollarse en ella. Y es incómodo, porque tratás de no pensar en que ya no tenés tu reloj, pero el cosquilleo sigue allí, presente. Sólo con el fluir de la vida el malestar va disminuyendo, poco a poco, aunque no haya momento en que mires tu muñeca y no te imagines a tu reloj informándote la hora, el minuto y el segundo. No hay momento, en el silencio de la noche, en que te acuestes con la mano cerca de tu rostro y no te imagines el tic tac de tu reloj recordándote que el tiempo sigue transcurriendo, que seguís viviendo.

Podés dejar la muñeca libre. O usar pulseras. O comprarte otro reloj. Quizá este también sea tu reloj, pero no se comparará a tu anterior reloj. No en un sentido despectivo, sino simplementé calzará diferente. Porque el uso de relojes es así; podés usar muchos distintos, hasta que pierdas uno que te quite las ganas de volver a usar otro; o podés usar muchos relojes, hasta que encuentres uno que te acompañe adentro de la madera que te lleve a la eternidad, y el reloj seguirá allí, en tu muñeca, hasta que ésta ya no sea muñeca.

jueves, 6 de febrero de 2014

Troya

Las nubes estaban teñidas de naranja, lejanas, como una isla brillante en medio del mar negro, patas arriba. Risas, gastadas y susurros inundaban el ambiente, los cuerpos emanaban adrenalina como el vapor que asciende de las calles mojadas cuando las calienta el sol. Era un sábado a la noche, momento crucial en la semana en la que raramente un adolescente se sentía triste o desanimado. Las luces de la ciudad estaban cada vez más cerca a medida que el colectivo seguía avanzando por el asfalto de la ruta. Finalmente, tras una hora de trayecto el gran bicho de metal se estacionaba frente al boliche, y todos bajaban atropellados a la calle. Uno por uno, los asistentes hacían fila como en la misa, nada más que ellos eran quienes entregaban un pedazo de papel a otro en vez de recibirlo; porque eran ellos quienes hacían la misa, su misa. Al final todos eran fervientes creyentes que honraban al santo sábado tal como su Dios se los había pedido.
Tras dos o tres minutos con la ansiedad a flor de piel, le entregué mi entrada al guardia, recordando con nostalgia las veces en que esa situación los nervios por la posibilidad de no entrar me torturaban a morir. Pero por suerte ya hacía tiempo que podía pararme al frente de un seguridad sin tener miedo. Siento que me palmean la espalda y me doy vuelta para encontrarme con mi amigo.
-Che Bauti, me parece que está noche explota todo!
-Esperemos... Tener que rendir me secó el cerebro y hace miles que no salgo, así que t i e n e que ser una buena noche.
-Obvio amigo, acordate de lo que te digo siempre, los boliches no "se ponen", vos "los ponés" buenos!- así era Genaro, positivo desde antes de que su mamá se hiciera el test de embarazo.
El lugar era muy original. El edificio estaba rodeado de una mini muralla, de la cual la entrada simulaba ser las puertas de una ciudad. Al entrar había un camino bordeado por antorchas, que llevaba hasta la zona de los guardaropas. Luego doblaba hacia la izquierda y se habría a un salón enorme, redondo, con grandes columnas a los costados. En el centro del techo había una especie de círculo que emitía un haz de luz. Del otro lado del amplio salón, se salía a un patio exterior. Caminamos hasta la barra, todavía no había mucha gente, pero de un momento a otro, como por arte de magia, se llenaría... Troya era así, y por eso teníamos asistencia perfecta en ese boliche.
Pedimos un par de tragos y nos quedamos allí, en la barra, escuchando música, haciendo comentarios sobre esta chica y esta otra, "escaneando" la multitud. Y entonces los vi. Dos ojos muy abiertos, de un azul eléctrico, mirando de un lado a otro. Estaban aburridos, como el resto de su rostro. Blanco, de nariz recta y un poco respingada al final. Llevaba el cabello suelo, largo y negro, como sus ropas. De repente, sus ojos entraron en contacto con los míos, y un escalofrío me recorrió la piel. Miré a mi amigo.
-Che boludo, ¿viste aquella mina?
Genaro le estaba haciendo payasadas a unas chicas. No me prestaba atención.
-Ey Gena, gil, mirá aquella mina...
-¿Cuál? No sé si te diste cuenta que hay como muchas chicas acá.
-Aquella, mirá...-y le señale disimuladamente donde estaba la chica de ojos claros, pero ya no estaba- Te juro que estaba parada ahí, se habrá ido al baño.
-Sí, bue, después cuando te la cruces le hablás! Vamos a dar una vuelta, ya me cansé de estar acá parado.
Y le hice caso. Dimos vueltas por afuera, por las otras pistas, por todos lados. Bailamos, hablamos con chicas, tomamos... Pero los ojos celestes no se borraban de mi cabeza. La chica se había esfumado. No la veía por ningún lado. ¿Se habría ido con su novio? Para colmo había tanta gente. Mucho movimiento y confusión de caras. El alcohol no ayudaba mucho además. ¿Había sido eso que vi un par de enormes ojos celestes o lo soñé?
-Emmmm... Llamando a Houston.
-¿Eh?-volví la vista; una linda chica rubia me estaba hablando. Gena hablaba con su amiga y me miraba como diciendo ''¿Qué hacés?"-Ah, si! Disculpame, me pareció ver un conocido... ¿Cómo era que te llamabas?
La chica hablaba, y hablaba. Obviamente estaba interesada... ¿pero por qué yo no le prestaba atención? Hasta podía sentir a mi yo interno gritándome "BAUTISTA POR QUÉ TAN LENTO? ES RUBIA Y LA HIJA DEL DUEÑO DEL BOLICHE". Me gustan las rubias. Pero no tenía ojos azules. ¿Dónde estaban los ojos azules?
-Disculpame, em, Mora, pero me tengo que ir al baño.
Me di vuelta y me fui, tratando de no voltearme para no ver la cara de enojo de la chica. ¿Mora? Creo que era Mara. No sé. Se estaba haciendo de día y los ojos azules se iban a ir. De todas formas fui al baño para disimular. Mientras me lavaba las manos vi aparecer la cara de Genaro atrás de mi hombro.
-¿Me querés decir que hacés? El cuarteto está servido! Vamos antes de que se nos vaya el bondi, si?
-Ehhhh andá vos tranqui, yo quiero dar una vuelta más por acá- no sabía qué inventar.
-¿Te fumaste algo raro? Bue, yo me voy. No seas gil y tratá de llegar al colectivo.
Mi amigo se fue, y yo esperé un rato para salir, por las dudas que las dos chicas estuvieran afuera esperando. Di vueltas por todo el boliche, sin éxito. Cuando me estaba asomando al patio por décima vez, sentí una voz atrás mío.
-Me parece que ya casi son las seis y media, ¿no se te va a ir el colectivo?
Giré y la vi. No tengo idea de vestidos, pero el de esta chica era negro y ajustado y me volvía loco.
-¿Y vos cómo sabés que tengo que irme en colectivo?-bueno, sobre que la chica que había estado buscando toda la noche me habla, yo la ataco. Bravo.
-Te vi bajar. ¿No tenés miedo de quedarte?
¿Porque pestañaba de una forma tan sexy?
-Mmm, quizá tengo mejores motivos para quedarme.
-Ah, ¿si? ¿Sería muy curiosa si te pregunto cuáles?
-Estaba buscando a una chica morocha, de ojos claros, algo así de alta, hermosa. ¿La viste?
Creo que nunca, NUNCA, había dicho algo tan ridículo. Pero esos ojos azules me sacaban de mis casillas. Ni hablar de la boca. Labios rojos y dientes blancos, rectos, brillantes; que formaron una gran sonrisa al reirse. Parpadeó lentamente y me miró fijo, a los ojos. Dios. Nunca puedo sostener la vista más de dos segundos pero esta vez no podía mover mis ojos de lugar. Ella se dio vuelta y empezó a caminar. Listo, semejante boludez la había espantado. De todas formas, mis piernas -o mejor dicho, las piernas de alguien más- la siguieron.
-Espera, ¿por qué te vas?
-Porque me pareció ver la chica que decís afuera- dijo mirando hacia adelante mientras seguía avanzando. Yo iba por detrás como un bobo obviamente. Salimos del boliche, caminando, ella encabezando la excursión y yo, sin saber por qué, me mantenía en la retaguardia, siguiéndola, sin animarme a alcanzarla y caminar a su costado. Quizá era por la vista -Dios, ese vestido-, quizá era por el aura de autoridad que esa melena oscura irradiaba. En un determinado momento vacilé, me frené y me dije "Idiota, esta mina no te va a dar bola y estás siendo un alzado"; cuando ella giró la cabeza, me guiñó uno de esos hipnotizantes ojos azules y reanudó el paso. Lo mismo hice. La cuestión era que seguíamos caminando y yo no tenía ni la más mínima idea de a dónde nos dirigíamos.
-Disculpame, me parece a mí o me estás llevando a algún lugar baldío?
Ella se giró y me miró a los ojos, mientras continuaba caminando para atrás, más lento.
-Mmm puede que estés en lo cierto. Quizá las cosas que quiero hacerte no sean aptas para todo público...-dejó la frase en suspenso y se mordió el labio.
Yo me estaba volviendo loco. Algo raro tenía que haber. Esas cosas sólo pasaban en las películas, y un tipo muy específico de películas. Sabía, en un espacio bastante recóndito de mi interior, que sería mejor pegar la vuelta; pero obviamente no podía hacerlo. No con ese vestido al frente mío. 
Continuamos la marcha hasta que en un determinado momento la de ojos electrizantes aminoró el paso hasta que la alcancé, me tomó de la mano -un hormigeo se expandió rápidamente desde la yema de mis dedos hasta los hombros- y me llevó atrás de unos árboles. No había casi hogares alrededor. 
Su expresión era muy seria y endiabladamente seductora cuando me habló:
-Estás seguro que querés esto, no?
-Por supuesto que quiero- me acerqué un poco.
-Mirá que jugar con fuego trae quemaduras, y donde hay fuego...cenizas quedan.
No entendía porque mezclaba los dichos pero yo estaba desesperado. Me acerqué aun más. Cuerpo con cuerpo. Ella me puso un dedo en los labios. 
-De esto no hay vuelta atrás, eh. No digas que no te avisé.
Su aliento me inundaba los pulmones. Tenía un gusto dulzón, floral. No aguantaba más la tensión, y con culpa, la besé.
La verdad no hay palabras para este momento. Besé a otras chicas, pero nunca nada como esto. Me olvidé de cómo me llamaba, dónde estaba, qué hacía allí, todo. Acaso no tenía que cumplir con un horario? Horario por qué? Algo que le prometí a un amigo. Mi amigo me esperaba? Por qué tenía la leve sensación de estar traicionando a alguien? Una novia? O algo así, no sé. El mundo giraba. Mis manos no eran mías. Y lo peor era que ella respondía con igual intensidad. En un determinado momento sentí un leve gemido y ella se separó. 
Sangre brillaba en su labio. No sé cual de los dos era más rojo. 
-Perdón.
-No, vos perdoname.
Por qué me pedía perdón? Su rostro reflejaba cierta confusión. Como si no supiera qué hacer. Yo le iba a mostrar qué hacer. Sus ojos verdes refulgían.
La volví a besar. Y esa vez fue distinto. Fuego. Pero literal. Mi boca, mis labios, mis manos. La garganta, las entrañas, las neuronas. Todo ardía, pero qué dolor placentero.
Ojos verdes? Algo iba mal, obviamente. Pero no podía dejar de besarla. Ella me lo había advertido. Había sido muy fácil, algo de malo tenía que haber. El fuego era más intenso. Abrí un poco los ojos, y vi que venas verdes se marcaban en su rostro. Mierda. No sé qué era ella, pero era algo sobrenatural. Bueno, al fin la respuesta a esa pregunta. 
El fuego comenzó a disminuir. Y con ello sabía que se apagaba mi vida. No me importó. Valía la pena. Muchas cosas quedaban inconclusas, pero qué le iba a hacer. Mi familia iba a sufrir, eso me molestó. Pero anhelaba dormir. Me encontraría con mis abuelos y tíos abuelos, qué mejor. Conocería el mundo. Estaba un poco triste y enojado y contento y aliviado a la vez.
Ella me soltó, y yo caí, sintiendo algo fugaz como un sollozo, y aterricé en una laguna de calma. Y todo se volvió oscuro. Y floté.

martes, 17 de diciembre de 2013

Se declara al acusado culpable.

Uno lleva un día normal, tranquilo, pacífico. La mente se encuentra entretenida con banalidades, quizás. De repente ocurre algo. Un encuentro con alguien conocido, cualquiera sea el grado de relación; y esa persona te comenta sobre un hecho ocurrido, un suceso que de alguna manera se enlaza a tu persona de una forma tan próxima que tu figura hasta encuadra bajo la categoría de "causa efciente" de este desenvolvimiento de la realidad. Y se aclara el panorama acerca de este repentino encuentro; este amigo, familiar, compañero, efectivamente está uniendo tu sujeto con el hecho en una relación causal. En otras palabras, te está declarando indirectamente como responsable del hecho. Te está "echando la culpa", y qué buena elección de palabras la de esta frase, porque esa es la realidad: la culpa "se echa" sobre el prójimo. El sentimiento de incomodidad y angustia inexplicable no hace aparición en ese -y con palabras de natijota- "algoquesiente" de nuestro cuerpo sino hasta que algún otro individuo te declara mediata o inmediatamente como culpable de algo. Y es algo muy curioso, porque la culpa es un sentimiento particular: es completamente dependiente del otro, es un sentir que es "implantado" y no nace espontáneamente, ya seas realmente o no el responsable de la acción desencadenante del efecto que se te atribuye. 
Si tu persona no se identifica con el autor del hecho, la situación se torna mucho más particular; ya que esa vinculación que el otro -porque no es más que "el otro", en tono despectivo, debido a la injusta acusación que emite sin conocer la verdad de los hechos- realiza entre efecto y tu nombre, llega a instalarse como un virus en tu "algoquesiente" y llegás a sentirte realmente culpable siendo 100% inocente.
Si llevaste adelante dicha acción, ya sea de tinte positiva u omisiva, probablemente -casi indudablemente- lo hiciste sin mala intención o creyendo que lo que hacías era lo correcto, por lo que tu consciencia se encuentra tranquila y satisfecha. Pero a partir de que el entorno exterior te hace saber -o creer- que tu decisión fue equivocada, surge la culpa en tu interior, que anteriormente me atreví a describirla simplemente como una "molestia, incomodidad o angustia", pero sin embargo puedo decir que aquellos hombres de moral (y hasta aun aquellos hombres del reino de la inmoralidad) sufren mucho más, porque la culpa puede llegar a configurarse en un auténtico dolor y sufrimiento espiritual de autoreproche, lo que es ilógico porque este tormento nace a partir del desprecio social recibido y el reproche ajeno a la conducta que muy indefectiblemente llevaste a cabo sabiendo o creyendo que era lo correcto y con la cual tu consciencia estaba en paz. 
Sin embargo, en caso de que tu actuar haya sido efectivamente negativo, la culpa es el factor de curación, es el sentimiento que incita a la consciencia a recapacitar sobre las decisiones tomadas y a reconocer el error para poder finalmente aprender de él, y así crecer como persona. 
Qué sentimiento extraño, la culpa. Implantada por los demás en tu consciencia pacífica, alterándola, atormentándola, llevándola a la desesperación, haciéndola cambiar en su desenvolvimiento para poder mejorar su imagen y quitarse de encima ese reproche tanto externo como interno que la vuelve loca; y en casos de auténtica culpabilidad, provoca esa necesidad de pedir perdón, para volver de una vez por todas a la tranquilidad. 

NdelA.: esta entrada es simplemente un reflejo de una simple relfexión y efecto de la necesidad de escribir algo, por lo que quizás carece de sentido y no posee una estructura literaria adecuada; pero bueno, ¿debo sentirme culpable? 

martes, 22 de octubre de 2013

La lechuza hace shh

"El silencio no es falta de respuesta; es, por el contrario, quizás la respuesta adecuada cuando, en cierto momento, nuestro pensamiento advierte que para expresar su experiencia el lenguaje le resulta casi vano balbuceo".
Arturo García Astrada, Introducción a la Filosofía.

Hay que analizar detenidamente la canción que se le canta a todos los niños para que hagan silencio, lo que sus versos representan; la lechuza, la lechuza es el símbolo de la sabiduría; hace sh, hace sh, silencio.
Nuestros padres suelen tener razón hasta en las canciones que nos cantan, ¿eh?

jueves, 17 de octubre de 2013

Nietzsche, yo y mi otro yo.

''En verdad él era candoroso, entusiasta, romántico, tierno hasta la sencillez; su lucha contra la ternura era una tentativa para exorcizar una virtud que lo había llevado a una amarga decepción y a una herida que nunca se curó''.
Will Durant, Historia de la Filosofía