martes, 26 de enero de 2016

No siempre son de palomas.

El olor a café le resultaba reconfortante, le activaba las neuronas. Era una costumbre mañanera el juntarse a desayunar con sus dos mejores amigas, en el mismo bar, todos los amaneceres. La cafetería era el lugar en el mundo de Catalina. El ruido de las máquinas, el olor tanto a café como a panadería, el murmullo de la gente, la energía de un nuevo día del ambiente matutino, la ayudaban mucho a poder afrontar cada jornada laboral en el exhaustivo empleo que se llamaba vida. Como siempre, Josefina y Mariana charlaban sin tomar respiro, y Catalina tiraba algún que otro comentario aislado antes de volver a sumergirse en su pasatiempo preferido, mirar a la gente y tratar de imaginarse el  mundo de los demás.
–Qué se yo, Jose, no te estoy mintiendo; mi vecina me comentó eso los otros días y para mí puede ser verdad –decía Mariana a su otra amiga, testaruda.
–No sé, parece medio volado, pero de todas formas, es algo lindo de creer –le respondió dubitativa.
Catalina, que estaba muy concentrada tratando de imaginarse qué problemas podría tener la señora de unos 60 años de la mesa de al lado, que parecía no haber pegado un ojo en toda la noche, decidió volver a la conversación con sus amigas. –¿De qué hablan?
Mariana tomó un sorbo de su cortado y le respondió. –Le contaba a Jose que el lunes estábamos charlando con Malena, la mujer del quinto C, y me dijo que leyó en internet un artículo sobre las plumitas esas blancas que se suelen encontrar por ahí, esas que andan volando –hizo una pausa para tomar otro sorbo de café– y me comentó que se rumorea que encontrarse con esas plumas significa que un ser querido que murió te está acompañando en ese instante.
Catalina rodó los ojos. Sabía lo que implicaba esa conversación. Era el día del año. Sus amigas sabían que detestaba que intentaran ser compasivas con ella, así que siempre buscaban la forma de mostrar su apoyo entablando una charla que indirectamente tratara sobre "eso"; estrategia que Catalina odiaba aún más.
–La verdad me parece una gilada –acotó antes de darle un mordisco a la medialuna–. La gente muere, y punto. Se corta la bocha. Se van, y para siempre.
Mariana y Josefina se miraron incómodas; debido al tono de su amiga, se dieron cuenta que era momento de cambiar de tema de conversación. –¿Así que Juan te invitó a cenar al Cerro, Mari? –propinó Josefina, tratando de aliviar la tensión.
Charlaron un poco más, finalizaron sus desayunos, con gusto a naranja en sus bocas se levantaron de la pequeña mesa, y esquivando diarios erguidos y portafolios apoyados en el piso, se retiraron del café. Catalina llevó a sus amigas a sus respectivos lugares de trabajo, y luego se dirigió al suyo. Era una costumbre que habían adquirido en los últimos meses, la de turnarse cada día para buscar a sus amigas en el auto, ir a desayunar, y luego hacer el delivery de empleadas. Lo mismo se repetía a la vuelta, con una merienda antes de volver a los hogares de cada una.
Fue un día particularmente complicado, porque había mucho trabajo por hacer en la oficina, y Cata se esforzaba a más no poder para desviar sus pensamientos del comentario que había hecho su amiga esa mañana.
Qué idiotez. Que los seres queridos vuelvan en forma de plumas. Si te abandonan, ¿por qué después volverían a cuidarte en forma de pluma? No tiene sentido. Si no les importás en vida, ¿por qué habrías de hacerlo una vez muertos? Qué boludez.
El día lluvioso no ayudaba mucho. Aquella noche no llovía, pero tampoco se veía nada. La niebla tapaba todo. Ella les había rogado que no se fueran esa noche, que esperaran la siguiente. Pero ellos no la escucharon, y se fueron de viaje igual. Era la mañana temprano cuando tocaron el timbre de su casa, y ella, semi-dormida, se había levantado lentamente para poder atender. Un policía en la puerta, con cara de pésame. No escuchó la noticia, porque ya la sabía. Mucha gente asistió al funeral, y se disculparon con ella, pero luego todos desaparecieron. La dejaron sola, con su abuela enferma; que la abandonó tan sólo un año después.
Tenía unos escasos 17 años cuando se descubrió sola ante el mundo. Ya no podía ni sentir el ruido del timbre de su casa, no lo soportaba, se había convertido en el peor sonido que alguna vez existió. Vendió su casa, y se compró un departamento, en otro barrio, bien alejado de su antiguo hogar, y su antigua vida. Nunca se los perdonó. La habían dejado sola, a pesar de que ella les imploró que se quedaran. Se sentía como si fuera un perro, que lo liberan en el campo, que luego de correr un tramo, se gira y cae en la cuenta que sus dueños ya no están estacionados allí. Abandonada y sin rumbo.
–Señorita Martínez, ¿se encuentra bien? –preguntó alguien.
Catalina volvió a la realidad, y vio que su gerente la observaba preocupado. –Eh, sí, por supuesto –mintió. –Estaba concentrada pensando en el informe que le tenía que entregar...
El señor López resopló. –Vamos Catalina, no me mienta. Puede tomarse el resto del día si quiere –y se retiró silbando.
Por un instante consideró la idea de hacer caso omiso al ofrecimiento de su superior, pero luego la descartó. No tenía sentido perder el tiempo en la oficina. Le mandó mensajes a sus amigas disculpándose porque les fallaría para hacer de taxi a la vuelta, y se dirigió al estacionamiento para buscar su auto.
Si bien salió de la oficina con la intención de volver a su departamento, Catalina se encontró manejando por la autopista en dirección al cementerio. No estaba muy segura del momento en que decidió cambiar su destino. Hacía mucho tiempo que había dejado de ir, así que tardó un buen rato en encontrarlo. 
Cuando finalmente lo halló, por un momento pensó que se encontraba cerrado, ya que no había ningún auto estacionado en el parking. Era bastante difícil que a alguien se le ocurriera visitar un cementerio un día de lluvia. Frenó el auto, y se quedó sentada en la butaca, con la mano apoyada sobre la manija, dubitativa. Le dolía la panza. Luego de varios minutos de estar sentada mirando cómo las gotas repiqueteaban en le parabrisas, tomó valor y se bajó del auto.
A pesar de que la última vez que visitó ese lugar, ella era bastante más pequeña, los mausoleos le seguían causando la misma impresión de imponencia y solemnidad. Algunos de los apellidos grabados en piedra le resultaban conocidos, otros no. El cementerio era un lugar que no le agradaba mucho a Catalina, porque le generaba demasiados sentimientos encontrados. Por un lado, nostalgia, al pensar en todas esas personas que habían vivido tanto (o no tanto) tiempo atrás, y hoy ya no estaban, tan sólo quizás en las memorias de sus parientes vivos; tristeza, por el dolor que conlleva perder a los seres queridos; felicidad, por tener la posibilidad de todavía estar viva; ternura, al ver las tumbas que mostraban la visita constante que recibían por parte de quienes extrañaban a los sepultados; bronca, al recordar que sus padres la habían abandonado.
Tras unos minutos de dar vueltas, por fin los encontró. Sus rostros la miraban desde las fotografías en miniatura. Estaban muy serios, y ellos no eran así. No terminaba de descubrir por qué había ido hasta allí; si a culparlos, si a perdonarlos, si a agradecerles porque en cierto modo lo que hicieron, ayudó a forjar la persona que ella era a esa altura de la vida; simplemente, se quedó parada mirándolos, sin hablar, sin rezar, sin colocarles flores.
Ellos habían sido buenos padres, hasta que en los últimos meses de sus vidas, se habían llevado muy mal con Catalina. Y ella había sido muy buena abuela, hasta que en el último año la enfermedad y la depresión habían hecho que se olvidara de ayudar a su nieta. Pero ellos habían sido, ya no eran más. Y la habían dejado sola. Dio media vuelta y se largó de ese lugar, gris, triste, y con gente que en realidad no se encontraba allí.
En el camino de vuelta a casa, la lluvia comenzó a caer con mayor intensidad, al igual que caían las lágrimas por el rostro de Catalina. Iba manejando con la radio apagada, algo muy raro en ella. El silencio y la soledad la inundaban. Empezó a moquear, así que se agachó a buscar unos pañuelos en su cartera. 
Sólo sintió un bocinazo. Y un ruido más fuerte. Confusión. Oscuridad. 

Obviamente te abandonaron, sino, ¿cómo alguien dejaría que te suceda esto?
Vacío.


A duras penas abrió los ojos. Una intensa luz blanca le cegaba la vista. Volvió a cerrarlos. Se sentía el ruido de la máquina que te marca los latidos. Y un fuerte olor a antiséptico le inundaba la nariz. Nariz, que dicho sea de paso, se encontraba saturada de tubos. Le dolía todo.
–Querida, ¿estás despierta? ¡Qué milagro! –exclamó una voz eufórica.
Catalina quería responder, pero no podía. Abrió los ojos lentamente, y vio el rostro de la enfermera, dividido entre la preocupación y el alivio.
–Dejá, no trates de hablar, ya voy a ir a buscar al doctor. ¡No te muevas! –insistió, y luego bajo la vista a la altura del pecho de Catalina– ¡Pero podrá ser! ¿Otra almohada rota? Ya te cambié tres veces de almohada, y te siguen apareciendo estas plumitas blancas encima. ¡Pero si esta ni siquiera es de pluma!
La enfermera estiró el brazo y con su mano recogió tres plumas blancas, impecables. Catalina se emocionó, y con todas las fuerzas que juntó, le tocó la mano a la señora, y dijo: –Está bien, dejalas en su lugar.
El lugar de las plumas era, por supuesto, junto a su corazón.



lunes, 4 de enero de 2016

Amor de verano


I know it's over before she says
I know it falls at the water face
I know it's over, an ocean that waits
For a storm
The sun on snow
Rivers in rain
Crystal ball can foresee a change
And I know it's over, a parting of ways
And it's done

But didn't we have fun?
Don't say it was all a waste
Didn't we have fun?
From the top of the world
The top of the waves
We said forever, forever always
We could have been lost
We would have been saved
Now we're stopping the world, stopping it's spin
Oh come on don't give up
Don't see me give in
Don't say it's over
Don't say we're done
Oh, didn't we have fun?
Oh, didn't we have fun?

I know it's over before she says
Know someone else has taken your place
"I know it's over" Icarus says to the sun
The sword sinks in, lightning strikes
And two force, two forces collide
And fight til it's over, fight til it's done

But didn't we have fun?
Don't say it was all a waste
Didn't we have fun?
From the top of the world
The top of the waves
We said forever, forever always
We could have been lost
We would have been saved
Now we're stopping the world, stopping it's tracks
But nothing's too broken to find a way back
Before it's over, before you run
Ah, didn't we have fun?

Cause you and me
We were always meant to, always meant to
Hey-ey-ey-ey
We were always meant to, always meant to
You and me
We were always meant to, always meant to
Hey-ey-ey-ey

Oh, didn't we have fun?

Oh, didn't we have fun?

But then...
Maybe we could again



jueves, 31 de diciembre de 2015

Como Alicia.

Una vez un profesor muy querido nos enseñó que entre los orígenes de la filosofía se encontraba el asombro, y si mal no recuerdo, muy asociado al mismo se hallaba la contemplación. La verdad me considero una persona muy poco seria como para sostener que mis pensamientos son filosofía, sino que lo que quiero puntualizar es que muchas de mis reflexiones tienen como raíz, siguiendo las palabras de ese señor, al asombro y/o la contemplación. Sin embargo, debo agregar a un tercer integrante: la evasión. 
Soy una persona que disfruta mucho de las actividades que permiten escaparte un poco de la realidad, como leer, escuchar música acostado, ver películas y series, viajar... Me gusta mucho el poder desconectarme de lo cotidiano, y tener la oportunidad de ponerme a reflexionar en ciertas cosas que en el apuro del día a día no tengo ocasión de ponerme a pensar.
Todas estas actividades, sumadas al revolotear de mi mente que las acompaña, me generan un sentimiento en particular, que disfruto en demasía. Esta sensación es la de pequeñez. Un libro, una película, una canción, un viaje, te ayudan muchas veces a escapar del mundo de ahora para volver a caer en él pero tomando dimensión de muchas cosas: de la inmensidad del universo, del transcurso del tiempo, de lo increíble que es la naturaleza, de la innumerable cantidad de personas que viven al mismo tiempo que vos, con sus historias, costumbres y personalidades, de todas las personas que vivieron antes que vos, de las maravillas que lograron y las atrocidades que causaron, de lo impresionante del ser humano en sí y la genialidad de su diseño; de lo que es el amor de un padre, el dolor de una pérdida, el terror de una catástrofe, la dificultad de una enfermedad, el valor de la amistad, y más. El tomar conciencia de estas cosas te abruma por completo, y te hace sentir pequeño, insignificante, impotente. Y yo lo encuentro muy valioso.
Muchos, si leyeran esta entrada, se preguntarían qué es lo útil de sentirse pequeño. La verdad, no lo sé. Pero me parece algo valioso. En nuestro día a día solemos y tendemos a pensar sólo en nosotros (no en sentido puramente egoísta). Nos "agrandamos" y consideramos que "ocupamos más lugar" del que realmente ocupamos. Es decir, solemos mirar la realidad desde una perspectiva en que todo lo que atañe a nuestra esfera personal se ve más grande que aquello que excede el perímetro de nuestra vida cotidiana. Es por eso que el sentimiento de pequeñez me parece positivo. Es bueno, por lo menos de vez en cuando, imponer cierta distancia para mirar la realidad desde otra perspectiva, analizando aquello que en el "de acá para allá" no nos detenemos a contemplar y reflexionar, dejando de sentirnos importantes para darle importancia a lo demás. No viene mal hacerlo a veces, como para equilibrar. Agrandándose y achicándose, como Alicia.

sábado, 27 de junio de 2015

jueves, 2 de abril de 2015

"...en los tiempos actuales, tiempos en donde la totalidad de lo real intenta decidirse por opciones contradictorias, con lo cual la adhesión de una de ellas, implica el rechazo a la otra; como sí, la vocación cibernética de nuestro final de siglo, al desarrollar la suma de las relaciones lógico-matemáticas en códigos binarios, hubiera ya cubierto todo el espectro posible de las relaciones humanas, y por lo cual ellas también tengan que ser calificadas binariamente, dicotómicamente, sin haber lugar para puntos de comunicación entre una y otra de las alternativas. Por el contrario estamos tentados a afirmar, que cuando de las relaciones humanas se trata, la opción que se debe privilegiar es la intermedia entre ambos extremos".
Armando S. Andruet. 

miércoles, 25 de febrero de 2015

El jardín de la melancolía

Una línea intermitente se extiende hacia el horizonte, allá donde al parecer se encontrará con otras dos líneas que corren a su lado. El cielo forma un degradé de colores por encima suyo, comenzando por el celeste a su izquierda e, inexplicablemente -o tal vez naturalmente explicable-, se transforma lentamente en un naranja rojizo hacia la derecha. Generalmente duerme en los viajes en auto, quizás mejor de lo que suele dormir en una cama, pero esta vez le es imposible siquiera cerrar los ojos. Su estómago es un trabajo que resulta imposible hasta para la virgen desatanudos. Su personalidad se destaca por ser de los que son muy ansiosos por llegar, los que de pequeño preguntan "¿Falta mucho?" como si eso pudiese acortar el trayecto, o acelerar el tiempo; pero en esta ocasión todo lo que desea es seguir viendo esas líneas intermitentes, y nada más.
En un momento determinado (o más vale indeterminado), las ruedas comienzan a girar, y el animal de metal que los lleva sobre el lomo se sale de la autopista para ingresar a una ciudad. Él no se encuentra ubicado; si bien visitó incontables veces este lugar, esta vez le resulta completamente desconocido, lo desconcierta. Se frenan ante las luces rojas, avanzan ante las verdes, giran, esquivan motos que llevan gente sin casco, frenan, avanzan, giran, estacionan; pero todo lo que quiere estacionar él es el tiempo.
Baja del auto, ella hace lo mismo, y luego bajan entre los dos al chico, que los mira sin poder comprender a dónde lo están llevando. Cruzan de la calle tomados de la mano, todas sudorosas, y tocan la puerta. Aparece una mujer de rostro amable, que les da la bienvenida y los hace pasar. Adentro flota un olor extraño, como a sopa mezclada con pis y tristeza. La mujer, vestida de blanco, los hace recorrer el lugar. Les muestra los baños, el patio, la sala común. Dibujos cuelgan en las paredes, junto con un almanaque en el que se destacan las efemérides y los cumpleaños. Sillas y mesas abundan, y entre ellas se encuentran dispersos diversos aparatos. Ocupando la escena se encuentran chicos y chicas. Algunos sentados, otros hablando, unos pocos gritando, otros mirando televisión. Unas juegan a las cartas, otros beben yogurt de un vaso de plástico con sorbete; todos son niños, deambulando en su propio mundo.
Se sientan. El chico los mira fijamente, y a pesar de que ninguna palabra coherente sale de su boca, lo que dicen sus ojos es aún más claro. "¿A dónde me trajeron?" cuestionan los iris color marrón. "Te vamos a dejar acá por un rato, pero cuando menos te des cuenta vas a volver a casa" dice ella. Él no responde, porque sabe que es mentira. Existen tres tipos de mentiras: las maliciosas, las piadosas, y las que se dicen cuando ambos saben la verdad. Éstas son las que más duelen, y éstas eran las que se estaban diciendo ahora. Ella sabía que él no iba a volver a casa, pero le dijo que sí lo haría; y el chico también sabía que nunca se iría de allí, pero sin embargo le asintió en respuesta.
El resto de la tarde hubo silencio. El silencio es calma, pero puede ser caótico al mismo tiempo; como un huracán que te destruye sin moverte de tu lugar. ¿Qué significaba? ¿Los estaba culpando? ¿Los entendía? ¿Acaso pasaba algo por ese entramado de neuronas? El corazón le dolía al ver a su chico, pero un dolor muy distinto al que puede sentir un corazón enamorado. ¿En qué momento había caído en ese estado? Ese chico, cuya mano había usado para poder apoyarse y así dar los primeros pasos, que ahora usaba su mano para dar él los suyos. ¿Cómo podía ser? Parecía imposible. Pero lo era. Habían hecho lo que pudieron, para poder mantenerlo en casa, pero la situación ya no daba para más. ¿Estaban tomando la decisión correcta? ¿Estaban traicionando a quien siempre había estado a su lado? El desconcierto era tan grande que era devastador, la situación era asimilable a lo que se siente cuando una ola te toma por desprevenido y te arroja hacia atrás, y uno se levanta medio ahogado y completamente desorientado.
Una chica lo agarra para decirle que tiene lindos ojos, otro pregunta si le pueden abrir la puerta, una a lo lejos pregunta qué hay para comer, y otro lanza gritos sin sentido. ¿Cómo podía ser? Él amaba ver películas de superhéroes, y al observar cómo una pelirroja destruía toda una isla con sólo pensarlo, se decía así mismo "no hay manera de que algún día nuestros cerebros puedan hacer eso"... pero se equivocaba; la mente humana tiene el poder de destruir una vida y arrastrar con todo a su paso, incluida la vida de los demás, sólo que quizás no de la forma en que lo muestran los cómics.
Llega el momento en que deben marcharse, las manos siguen aferradas como si sus vidas dependieran de ello. El chico no quiere quedarse, ellos no quieren irse. La mujer de blanco asegura que el chico va a estar bien, ellas lo van a cuidar; pero, ¿realmente lo van a cuidar? Porque sólo ellos saben cómo cuidarlo... ¿o no? El chico llora, ellos lloran mares. De una forma u otra se separan y ellos emprenden su camino hacia la puerta, caminando entre niños arrugados que pasan sus días en el jardín donde nadie ríe, o los que lo hacen no entienden el motivo. Un jardín donde los juguetes sirven para caminar, donde las comidas carecen de sabor y los yogurts se venden en farmacias; un jardín con un patio que no se usa para jugar, y las mujeres de blanco tienen una paciencia especial. Un jardín donde quienes traen a los miembros lloran más al marchar que quienes se tienen que quedar, y se van con la esperanza de que algún día se los puedan llevar. Sin embargo, saben que eso no va a ocurrir; y a pesar de que la graduación significa que van a seguir creciendo (aún más), suena a un estadio mucho más lindo para poder la ¿vida? ver pasar.

domingo, 2 de marzo de 2014

El tic tac del corazón

Caminás por la calle. Observás detenidamente que mucha gente tiene reloj. ¿Será lindo tener un reloj? Lo debe ser. Ahora, vos también querés tener un reloj. Empezás a buscar en las relojerías. ¡Qué manera de haber relojes! Relojes negros, plateados, blancos. Relojes a aguja y digitales. Relojes caros y baratos. ¡Cuánta variedad! Viste varios que más o menos te gustaron, pero vos no querés un reloj cualquiera; querés un reloj que al verlo pienses "ese tiene que ser mi reloj". Entonces, ansioso, te quedás a la espera de tu reloj. De un día para el otro, las vueltas de la vida te llevan a encontrarte con lo que estabas buscando, o a lo mejor ya no estabas buscando, pero lo encontrás igual y sabés que inconscientemente nunca lo habías dejado de buscar. Es perfecto; y lo mejor es que realmente querés que ese sea tu reloj. Analizás el precio, ¿te lo podés permitir? Hacés el esfuerzo de todas formas. Si tenés suerte, podés comprarlo. Apenas salís del negocio te lo ponés en la mano izquierda. O derecha. ¿Quién es el que decide en qué mano se usan los relojes? Vos lo hacés a tu manera. Qué lindo es tu reloj. Al principio, su uso te genera un poco de incomodidad. Pero qué lindo es tu reloj. No podés sacarle los ojos de encima. ¡Qué feliz estás!

Los segundos, minutos, horas, días, pasan en tu muñeca. Te acostumbrás a tu reloj. ¿Es lindo? Parece que sí. Ya no estás muy seguro si te parece la gran cosa. Pero es tu reloj. Tiene sus rayones. ¡Qué dolor que causaron esas rayas! Pero sobrevivió. En un momento te molestaron, pero ya no las notás. 

Un día se rompe tu reloj. ¡Ya no sirve! Lo llevás a arreglar. Qué raro se siente no tenerlo puesto, ¿no? Sentís un cosquilleo en la muñeca, allí donde tendría que lucirse esplendoroso tu indicador de la hora. ¡Cuánto lo extrañas! Ya está un poco maltrecho, pasó de moda, pero es tu reloj. Qué felicidad te da ir a buscarlo. Pocas cosas son tan emotivas como el reencuentro entre tu muñeca y su protector reloj. Él la proteje, de la suciedad, del sol, del paso inadvertido del tiempo; o mejor dicho, tu reloj hace que tu muñeca le de importancia al tiempo, y que éste no pase porque sí.

Día fatal. Perdés a tu reloj. O se rompe y ya no puede arreglarse. Esta vez el picazón de la muñeca no va a poder aliviarse, porque tu reloj ya no va a volver a enrollarse en ella. Y es incómodo, porque tratás de no pensar en que ya no tenés tu reloj, pero el cosquilleo sigue allí, presente. Sólo con el fluir de la vida el malestar va disminuyendo, poco a poco, aunque no haya momento en que mires tu muñeca y no te imagines a tu reloj informándote la hora, el minuto y el segundo. No hay momento, en el silencio de la noche, en que te acuestes con la mano cerca de tu rostro y no te imagines el tic tac de tu reloj recordándote que el tiempo sigue transcurriendo, que seguís viviendo.

Podés dejar la muñeca libre. O usar pulseras. O comprarte otro reloj. Quizá este también sea tu reloj, pero no se comparará a tu anterior reloj. No en un sentido despectivo, sino simplementé calzará diferente. Porque el uso de relojes es así; podés usar muchos distintos, hasta que pierdas uno que te quite las ganas de volver a usar otro; o podés usar muchos relojes, hasta que encuentres uno que te acompañe adentro de la madera que te lleve a la eternidad, y el reloj seguirá allí, en tu muñeca, hasta que ésta ya no sea muñeca.

jueves, 6 de febrero de 2014

Troya

Las nubes estaban teñidas de naranja, lejanas, como una isla brillante en medio del mar negro, patas arriba. Risas, gastadas y susurros inundaban el ambiente, los cuerpos emanaban adrenalina como el vapor que asciende de las calles mojadas cuando las calienta el sol. Era un sábado a la noche, momento crucial en la semana en la que raramente un adolescente se sentía triste o desanimado. Las luces de la ciudad estaban cada vez más cerca a medida que el colectivo seguía avanzando por el asfalto de la ruta. Finalmente, tras una hora de trayecto el gran bicho de metal se estacionaba frente al boliche, y todos bajaban atropellados a la calle. Uno por uno, los asistentes hacían fila como en la misa, nada más que ellos eran quienes entregaban un pedazo de papel a otro en vez de recibirlo; porque eran ellos quienes hacían la misa, su misa. Al final todos eran fervientes creyentes que honraban al santo sábado tal como su Dios se los había pedido.
Tras dos o tres minutos con la ansiedad a flor de piel, le entregué mi entrada al guardia, recordando con nostalgia las veces en que esa situación los nervios por la posibilidad de no entrar me torturaban a morir. Pero por suerte ya hacía tiempo que podía pararme al frente de un seguridad sin tener miedo. Siento que me palmean la espalda y me doy vuelta para encontrarme con mi amigo.
-Che Bauti, me parece que está noche explota todo!
-Esperemos... Tener que rendir me secó el cerebro y hace miles que no salgo, así que t i e n e que ser una buena noche.
-Obvio amigo, acordate de lo que te digo siempre, los boliches no "se ponen", vos "los ponés" buenos!- así era Genaro, positivo desde antes de que su mamá se hiciera el test de embarazo.
El lugar era muy original. El edificio estaba rodeado de una mini muralla, de la cual la entrada simulaba ser las puertas de una ciudad. Al entrar había un camino bordeado por antorchas, que llevaba hasta la zona de los guardaropas. Luego doblaba hacia la izquierda y se habría a un salón enorme, redondo, con grandes columnas a los costados. En el centro del techo había una especie de círculo que emitía un haz de luz. Del otro lado del amplio salón, se salía a un patio exterior. Caminamos hasta la barra, todavía no había mucha gente, pero de un momento a otro, como por arte de magia, se llenaría... Troya era así, y por eso teníamos asistencia perfecta en ese boliche.
Pedimos un par de tragos y nos quedamos allí, en la barra, escuchando música, haciendo comentarios sobre esta chica y esta otra, "escaneando" la multitud. Y entonces los vi. Dos ojos muy abiertos, de un azul eléctrico, mirando de un lado a otro. Estaban aburridos, como el resto de su rostro. Blanco, de nariz recta y un poco respingada al final. Llevaba el cabello suelo, largo y negro, como sus ropas. De repente, sus ojos entraron en contacto con los míos, y un escalofrío me recorrió la piel. Miré a mi amigo.
-Che boludo, ¿viste aquella mina?
Genaro le estaba haciendo payasadas a unas chicas. No me prestaba atención.
-Ey Gena, gil, mirá aquella mina...
-¿Cuál? No sé si te diste cuenta que hay como muchas chicas acá.
-Aquella, mirá...-y le señale disimuladamente donde estaba la chica de ojos claros, pero ya no estaba- Te juro que estaba parada ahí, se habrá ido al baño.
-Sí, bue, después cuando te la cruces le hablás! Vamos a dar una vuelta, ya me cansé de estar acá parado.
Y le hice caso. Dimos vueltas por afuera, por las otras pistas, por todos lados. Bailamos, hablamos con chicas, tomamos... Pero los ojos celestes no se borraban de mi cabeza. La chica se había esfumado. No la veía por ningún lado. ¿Se habría ido con su novio? Para colmo había tanta gente. Mucho movimiento y confusión de caras. El alcohol no ayudaba mucho además. ¿Había sido eso que vi un par de enormes ojos celestes o lo soñé?
-Emmmm... Llamando a Houston.
-¿Eh?-volví la vista; una linda chica rubia me estaba hablando. Gena hablaba con su amiga y me miraba como diciendo ''¿Qué hacés?"-Ah, si! Disculpame, me pareció ver un conocido... ¿Cómo era que te llamabas?
La chica hablaba, y hablaba. Obviamente estaba interesada... ¿pero por qué yo no le prestaba atención? Hasta podía sentir a mi yo interno gritándome "BAUTISTA POR QUÉ TAN LENTO? ES RUBIA Y LA HIJA DEL DUEÑO DEL BOLICHE". Me gustan las rubias. Pero no tenía ojos azules. ¿Dónde estaban los ojos azules?
-Disculpame, em, Mora, pero me tengo que ir al baño.
Me di vuelta y me fui, tratando de no voltearme para no ver la cara de enojo de la chica. ¿Mora? Creo que era Mara. No sé. Se estaba haciendo de día y los ojos azules se iban a ir. De todas formas fui al baño para disimular. Mientras me lavaba las manos vi aparecer la cara de Genaro atrás de mi hombro.
-¿Me querés decir que hacés? El cuarteto está servido! Vamos antes de que se nos vaya el bondi, si?
-Ehhhh andá vos tranqui, yo quiero dar una vuelta más por acá- no sabía qué inventar.
-¿Te fumaste algo raro? Bue, yo me voy. No seas gil y tratá de llegar al colectivo.
Mi amigo se fue, y yo esperé un rato para salir, por las dudas que las dos chicas estuvieran afuera esperando. Di vueltas por todo el boliche, sin éxito. Cuando me estaba asomando al patio por décima vez, sentí una voz atrás mío.
-Me parece que ya casi son las seis y media, ¿no se te va a ir el colectivo?
Giré y la vi. No tengo idea de vestidos, pero el de esta chica era negro y ajustado y me volvía loco.
-¿Y vos cómo sabés que tengo que irme en colectivo?-bueno, sobre que la chica que había estado buscando toda la noche me habla, yo la ataco. Bravo.
-Te vi bajar. ¿No tenés miedo de quedarte?
¿Porque pestañaba de una forma tan sexy?
-Mmm, quizá tengo mejores motivos para quedarme.
-Ah, ¿si? ¿Sería muy curiosa si te pregunto cuáles?
-Estaba buscando a una chica morocha, de ojos claros, algo así de alta, hermosa. ¿La viste?
Creo que nunca, NUNCA, había dicho algo tan ridículo. Pero esos ojos azules me sacaban de mis casillas. Ni hablar de la boca. Labios rojos y dientes blancos, rectos, brillantes; que formaron una gran sonrisa al reirse. Parpadeó lentamente y me miró fijo, a los ojos. Dios. Nunca puedo sostener la vista más de dos segundos pero esta vez no podía mover mis ojos de lugar. Ella se dio vuelta y empezó a caminar. Listo, semejante boludez la había espantado. De todas formas, mis piernas -o mejor dicho, las piernas de alguien más- la siguieron.
-Espera, ¿por qué te vas?
-Porque me pareció ver la chica que decís afuera- dijo mirando hacia adelante mientras seguía avanzando. Yo iba por detrás como un bobo obviamente. Salimos del boliche, caminando, ella encabezando la excursión y yo, sin saber por qué, me mantenía en la retaguardia, siguiéndola, sin animarme a alcanzarla y caminar a su costado. Quizá era por la vista -Dios, ese vestido-, quizá era por el aura de autoridad que esa melena oscura irradiaba. En un determinado momento vacilé, me frené y me dije "Idiota, esta mina no te va a dar bola y estás siendo un alzado"; cuando ella giró la cabeza, me guiñó uno de esos hipnotizantes ojos azules y reanudó el paso. Lo mismo hice. La cuestión era que seguíamos caminando y yo no tenía ni la más mínima idea de a dónde nos dirigíamos.
-Disculpame, me parece a mí o me estás llevando a algún lugar baldío?
Ella se giró y me miró a los ojos, mientras continuaba caminando para atrás, más lento.
-Mmm puede que estés en lo cierto. Quizá las cosas que quiero hacerte no sean aptas para todo público...-dejó la frase en suspenso y se mordió el labio.
Yo me estaba volviendo loco. Algo raro tenía que haber. Esas cosas sólo pasaban en las películas, y un tipo muy específico de películas. Sabía, en un espacio bastante recóndito de mi interior, que sería mejor pegar la vuelta; pero obviamente no podía hacerlo. No con ese vestido al frente mío. 
Continuamos la marcha hasta que en un determinado momento la de ojos electrizantes aminoró el paso hasta que la alcancé, me tomó de la mano -un hormigeo se expandió rápidamente desde la yema de mis dedos hasta los hombros- y me llevó atrás de unos árboles. No había casi hogares alrededor. 
Su expresión era muy seria y endiabladamente seductora cuando me habló:
-Estás seguro que querés esto, no?
-Por supuesto que quiero- me acerqué un poco.
-Mirá que jugar con fuego trae quemaduras, y donde hay fuego...cenizas quedan.
No entendía porque mezclaba los dichos pero yo estaba desesperado. Me acerqué aun más. Cuerpo con cuerpo. Ella me puso un dedo en los labios. 
-De esto no hay vuelta atrás, eh. No digas que no te avisé.
Su aliento me inundaba los pulmones. Tenía un gusto dulzón, floral. No aguantaba más la tensión, y con culpa, la besé.
La verdad no hay palabras para este momento. Besé a otras chicas, pero nunca nada como esto. Me olvidé de cómo me llamaba, dónde estaba, qué hacía allí, todo. Acaso no tenía que cumplir con un horario? Horario por qué? Algo que le prometí a un amigo. Mi amigo me esperaba? Por qué tenía la leve sensación de estar traicionando a alguien? Una novia? O algo así, no sé. El mundo giraba. Mis manos no eran mías. Y lo peor era que ella respondía con igual intensidad. En un determinado momento sentí un leve gemido y ella se separó. 
Sangre brillaba en su labio. No sé cual de los dos era más rojo. 
-Perdón.
-No, vos perdoname.
Por qué me pedía perdón? Su rostro reflejaba cierta confusión. Como si no supiera qué hacer. Yo le iba a mostrar qué hacer. Sus ojos verdes refulgían.
La volví a besar. Y esa vez fue distinto. Fuego. Pero literal. Mi boca, mis labios, mis manos. La garganta, las entrañas, las neuronas. Todo ardía, pero qué dolor placentero.
Ojos verdes? Algo iba mal, obviamente. Pero no podía dejar de besarla. Ella me lo había advertido. Había sido muy fácil, algo de malo tenía que haber. El fuego era más intenso. Abrí un poco los ojos, y vi que venas verdes se marcaban en su rostro. Mierda. No sé qué era ella, pero era algo sobrenatural. Bueno, al fin la respuesta a esa pregunta. 
El fuego comenzó a disminuir. Y con ello sabía que se apagaba mi vida. No me importó. Valía la pena. Muchas cosas quedaban inconclusas, pero qué le iba a hacer. Mi familia iba a sufrir, eso me molestó. Pero anhelaba dormir. Me encontraría con mis abuelos y tíos abuelos, qué mejor. Conocería el mundo. Estaba un poco triste y enojado y contento y aliviado a la vez.
Ella me soltó, y yo caí, sintiendo algo fugaz como un sollozo, y aterricé en una laguna de calma. Y todo se volvió oscuro. Y floté.

martes, 17 de diciembre de 2013

Se declara al acusado culpable.

Uno lleva un día normal, tranquilo, pacífico. La mente se encuentra entretenida con banalidades, quizás. De repente ocurre algo. Un encuentro con alguien conocido, cualquiera sea el grado de relación; y esa persona te comenta sobre un hecho ocurrido, un suceso que de alguna manera se enlaza a tu persona de una forma tan próxima que tu figura hasta encuadra bajo la categoría de "causa efciente" de este desenvolvimiento de la realidad. Y se aclara el panorama acerca de este repentino encuentro; este amigo, familiar, compañero, efectivamente está uniendo tu sujeto con el hecho en una relación causal. En otras palabras, te está declarando indirectamente como responsable del hecho. Te está "echando la culpa", y qué buena elección de palabras la de esta frase, porque esa es la realidad: la culpa "se echa" sobre el prójimo. El sentimiento de incomodidad y angustia inexplicable no hace aparición en ese -y con palabras de natijota- "algoquesiente" de nuestro cuerpo sino hasta que algún otro individuo te declara mediata o inmediatamente como culpable de algo. Y es algo muy curioso, porque la culpa es un sentimiento particular: es completamente dependiente del otro, es un sentir que es "implantado" y no nace espontáneamente, ya seas realmente o no el responsable de la acción desencadenante del efecto que se te atribuye. 
Si tu persona no se identifica con el autor del hecho, la situación se torna mucho más particular; ya que esa vinculación que el otro -porque no es más que "el otro", en tono despectivo, debido a la injusta acusación que emite sin conocer la verdad de los hechos- realiza entre efecto y tu nombre, llega a instalarse como un virus en tu "algoquesiente" y llegás a sentirte realmente culpable siendo 100% inocente.
Si llevaste adelante dicha acción, ya sea de tinte positiva u omisiva, probablemente -casi indudablemente- lo hiciste sin mala intención o creyendo que lo que hacías era lo correcto, por lo que tu consciencia se encuentra tranquila y satisfecha. Pero a partir de que el entorno exterior te hace saber -o creer- que tu decisión fue equivocada, surge la culpa en tu interior, que anteriormente me atreví a describirla simplemente como una "molestia, incomodidad o angustia", pero sin embargo puedo decir que aquellos hombres de moral (y hasta aun aquellos hombres del reino de la inmoralidad) sufren mucho más, porque la culpa puede llegar a configurarse en un auténtico dolor y sufrimiento espiritual de autoreproche, lo que es ilógico porque este tormento nace a partir del desprecio social recibido y el reproche ajeno a la conducta que muy indefectiblemente llevaste a cabo sabiendo o creyendo que era lo correcto y con la cual tu consciencia estaba en paz. 
Sin embargo, en caso de que tu actuar haya sido efectivamente negativo, la culpa es el factor de curación, es el sentimiento que incita a la consciencia a recapacitar sobre las decisiones tomadas y a reconocer el error para poder finalmente aprender de él, y así crecer como persona. 
Qué sentimiento extraño, la culpa. Implantada por los demás en tu consciencia pacífica, alterándola, atormentándola, llevándola a la desesperación, haciéndola cambiar en su desenvolvimiento para poder mejorar su imagen y quitarse de encima ese reproche tanto externo como interno que la vuelve loca; y en casos de auténtica culpabilidad, provoca esa necesidad de pedir perdón, para volver de una vez por todas a la tranquilidad. 

NdelA.: esta entrada es simplemente un reflejo de una simple relfexión y efecto de la necesidad de escribir algo, por lo que quizás carece de sentido y no posee una estructura literaria adecuada; pero bueno, ¿debo sentirme culpable? 

martes, 22 de octubre de 2013

La lechuza hace shh

"El silencio no es falta de respuesta; es, por el contrario, quizás la respuesta adecuada cuando, en cierto momento, nuestro pensamiento advierte que para expresar su experiencia el lenguaje le resulta casi vano balbuceo".
Arturo García Astrada, Introducción a la Filosofía.

Hay que analizar detenidamente la canción que se le canta a todos los niños para que hagan silencio, lo que sus versos representan; la lechuza, la lechuza es el símbolo de la sabiduría; hace sh, hace sh, silencio.
Nuestros padres suelen tener razón hasta en las canciones que nos cantan, ¿eh?

jueves, 17 de octubre de 2013

Nietzsche, yo y mi otro yo.

''En verdad él era candoroso, entusiasta, romántico, tierno hasta la sencillez; su lucha contra la ternura era una tentativa para exorcizar una virtud que lo había llevado a una amarga decepción y a una herida que nunca se curó''.
Will Durant, Historia de la Filosofía

miércoles, 17 de julio de 2013

Hay momentos intensos, en los que te dan ganas de tomar un cuaderno y una lapicera y derramar la impresión que inunda tu cuerpo en ese instante. Momentos en los que la necesidad de plasmar cuanta idea cruza tu cabeza se torna verdaderamente poderosa. Volcar tu personalidad en palabras, para que después quizás ni siquiera sean leídas, pero que decoren junto a los manchones de lapicera una hoja de papel. Por vagancia, decís, ''después lo escribo''. Y luego te sentás frente a tu computadora, dispuesto a cumplir con tu promesa. Sin embargo, la adrenalina ya te abandonó, y escribir sobre aquello que habías prometido, ya perdió sentido. Es algo absurdo, no tiene gracia. ¿Acaso esos fogonazos ocasionales son propios de un escritor? Ojalá. Y cuánta certeza la del popular dicho ''No dejes para mañana lo que puedes hacer escribir hoy''.

martes, 26 de marzo de 2013

Lo importante no es el auto feo ni llevar torta, sino el paseo.

La valija se encontraba a medio llenar. Arriba de la cama había remeras, camperas, pantalones, buzos y ropa interior por doquier. Andrés se encontraba en la otra cama mirando la nada. Todavía le faltaba mucho por guardar, y no existía nada en el mundo que él odiara más que preparar el equipaje.
Siempre que se tildaba su mente comenzaba a divagar por situaciones y circunstancias de lo más extrañas e inverosímiles: en ese momento se imaginaba un fantástico encuentro entre una chica rubia dotada de la más brillante inteligencia -genéticamente heredada de su eterna madre de ojos grises- y un anciano griego que alguna que otra vez pronunció la inocente y humilde frase ''Sólo sé que no sé nada''; cuando de repente el grito insistente de su padre en pregunta -dirigida a la nada- de dónde había dejado los documentos y la plata, lo sacó de su ensimismamiento, y miró su reloj. Las cuatro de la madrugada. Faltaban tan solo dos horas para que su presencia en la fila del check-in del aeropuerto fuera absolutamente urgente y necesaria. Decidió que tenía que apresurarse a terminar su valija.
Mientras rellenaba el medio-vacío de su bolso lo invadió una creciente ansiedad. La espera había terminado. Tantos meses de pensar ''Vamos a viajar'', finalmente se convertían en un "Estamos comenzando un viaje". La última semana de despedidas, besos, abrazos, frases como "Me voy, los voy a extrañar, las voy a extrañar, te voy a extrañar", ese día estaban pasando a ser un "Me estoy yendo, los estoy extrañando, las estoy extrañando, te estoy extrañando". 
Quince días tenían Andrés y su familia por delante. Filas, esperas, películas y comida de avión, aduanas, nervios. Renegar con el equipaje, renegar con el GPS, renegar con la locura de su padre. Dormir en camas con sábanas blancas y bañarse en bañeras. Robar lapiceras y anotadores de hotel. Levantarse temprano, y andar todo el día. Andar en subte, en tren, en colectivo. Idioma distinto y comida distinta. Aprender de historia, arte y cultura en general. Conocer la vida cotidiana extranjera a través de labios ajenos a la argentinidad. Risas y peleas con su hermano. Ser el GPS caminante de la familia. Ser modelo para las fotos de su madre. Alguna que otra foto de perfil. Ser traductor para su padre. Jugar a buscar parecidos conocidos entre tanta gente desconocida. Burlarse de los carteles y la forma de hablar de los lugareños. Enamorarse de chicas que nunca en su vida volvería a ver. Comprar souvenirs -principalmente los imanes para su abuela-. Llegar liquidado al hotel y no querer hacer otra cosa que ver en Facebook qué es de la vida de sus amigos. Hablar con sus informantes habituales. Hablar por teléfono con sus familiares -reiteradamente hace aparición principal la imagen de su abuela-. Ver TV en idiomas inintendibles. Comprar golosinas y gaseosas cuyo sabor nunca probó. Ropa nueva, un libro nuevo. Escapar de la realidad habitual. Sentir que la vida es un sueño. Sumergirse en la tierra de los libros y el cine que tanto lo fascina. Olvidarse de todo lo que merece ser olvidado. No pensar en lo que o quien no merece ser pensado. Extrañar a quien merece ser extrañado. La contradictoria sensación de querer volver y al mismo tiempo desear quedarse a vivir en ese otro lugar. La angustia y tristeza de tener que empacar y volver al aeropuerto. La alegría y ansiedad de saber que el resto de su familia, sus amigos, ella tal vez, están más próximos. Filas, esperas, películas y comida de avión, aduanas, nervios. Caminar por un pasillo. Una puerta automática que se abre y cierra sola, y en cada parpadeo, una que otra cara conocida se alcanza a ver. Abrazos, besos. "Cómo les fue?". Contar miles de veces lo mismo. Repartir regalos. Mostrar las millones de fotos sacadas por la artista de la familia. Imprimirlas. Guardarlas en un álbum. Volver a la realidad y a la rutina. 
Después de un largo tiempo, desempolvar ese sagrado libro y contemplar las imágenes que en él se encuentran, fotos para las que en el momento no había ganas de posar, y agradecer eternamente a su madre por ser tan molesta con su hobby. Recordar con una sonrisa de oreja a oreja.
Quince días tenían Andrés y su familia por delante. Pero quince días diferentes. Días que valen la pena recordar. Días que sirven para colorear aquellos días grises. Días que dejan una marca en nuestra psiquis y en nuestro corazón por el resto de los demás días. Días por los que vale la pena vivir. 
Cerró la valija y repasó una y otra vez, evitando olividarse de algo. En la cocina, su padre gritaba "Vamos que perdemos el avión, quieren que me de un ataque?''. Tomó la valija y se dirigió arrastrándola hasta la entrada de su habitación, donde se frenó. 
- Te voy a extrañar, camita querida. Sin embargo, tampoco tengo tanto apuro en que nos reencontremos.



Quizás a Andrés le faltaban muchas cosas. A lo mejor no era el mejor deportista. Ciertamente era medio inútil y tenía mucha mala suerte en algunos sentidos. Pero podía viajar. Y rogaba que nunca a las caprichosas Moiras se les ocurriera quitarle esa posibilidad de recorrer, asombrarse y conocer. Porque viajar es mejor que leer un buen libro, o ver una buena película, o comer una rica comida; el viajar implica todo eso. Un viaje rehúne todas aquellas simples cosas que alegran nuestra vida y nos hacen estar felices y agradecidos de poder vivirla. Viajar, aviva el alma.


viernes, 15 de marzo de 2013

Opinólogos, todos.

Todo el mundo tiene derecho a opinar diferente. De hecho, todo el mundo opina diferente. Todo el mundo debe respetar las opiniones de los demás. Sin embargo, parece ser que es imposible llegar a un acuerdo cuando dos opiniones son opuestas. Aborto sí, aborto no. Dios existe, Dios es una mentira. Parecen ser caminos que nunca encontrarán una intersección, un punto compartido.
¿Cómo se puede lograr que exista justicia para todos si es imposible determinar qué es lo universalmente justo? ¿Cómo se puede llegar al bien común, a lo que vulgarmente nombramos como "paz mundial", si ni siquiera existe un acuerdo convencional en cuanto a la justicia? ¿Puede existir un bien común si para lo que unos es un bien, para otros no lo es?
Estaría bueno que por ahí no existiese tanta diversidad de opinión. Que todos pensaran lo mismo que uno. El problema radica en encontrar a ese uno que opine lo correcto.
Y por eso mismo existe la diversidad de opinión.

Universitariamente 2013.

Carreras diferentes. Universidades diferentes. Materias diferentes. Horarios diferentes. Responsabilidades diferentes. Amistades diferentes. Ciudades diferentes. Vidas diferentes.



¿En qué momento cambió todo? Se puede superar, pero nunca olvidar; y mucho menos dejar de extrañar.

jueves, 3 de enero de 2013

¿Coincidencia?

Normalmente no creo en el horóscopo, pero uno se encuentra con estas cosas en internet...

LIBRA- El pobre (24 Sep - 23 Oct) No sé a qué se refiere con ''pobre'', pero que estoy meado por elefantes, eso sí que es cierto.

Agrada a todo el que lo conoce. No quiero sonar creído, pero me da la sensación que caigo bien a la gente.
Su amor es único. No creo que sea único por lo extraordinario, pero sí es único por lo particular y, no sé, por lo raro que es.
Un poco tonto, divertido y dulce. Tiene un encanto único. Lo de tonto, no se discute. Divertido, hago el esfuerzo por serlo. Y dulce, bueno... Tengo mis momentos. Lo del encanto, no quiero sonar agrandado, pero creo que cierto encanto tenemos...
Necio y sensible, de carácter angelical. Necio a full. Sensible en un 80%. Y lo de angelical, te la debo.
Es una de las personas más protectoras que conocerás, pero que no la querrás nunca de enemigo pues podrías terminar llorando. ¿Protector? Ponele que sí... Y lo otro me causa gracia. 
Le gusta la lectura, música y el entretenimiento sano. No sé qué sería el entretenimiento sano, pero sí, este soy yo al 100%.
Lo mejor de ellos está en su interior aunque a veces no lo saben. Y, la verdad que si es cierto, no lo sé. Espero que así sea.

miércoles, 5 de septiembre de 2012

Lo contrario de fácil de explicar.


Soy un tipo complicado.
Como soy complicado, me cuesta entenderme.

Quizás, a veces, logro entenderme.
Pero, me gusta más no hacerlo.

Soy un tipo complicado.
Cómo seré de complicado, que me gusta serlo.

La pregunta.

Yo me le acerqué, y fijo la miré; le ofrecí un trago.....
No, no amigos... Este es un post serio. Aunque no lo crean (bah, en realidad ni me conocen), sí, soy una persona seria. Sé que los textos deben tener un orden lógico, deben tener coherencia, un hilo conductor... Pero como soy de los rebeldes y justo en Lengua estamos viendo la técnica ''el fluir del pensamiento'', me voy a correr un poco de mi costumbre de escribir cuentos cortos y voy dejar fluir un poco lo que cruza por esta mente revuelta.
Como verán, el título de este post es ''la pregunta''. La pregunta, algo tan común, tan simple, tan cotidiano. Es definida como una interpelación o petición de algún tipo de información. Pero para mí, la pregunta va más allá de eso... La pregunta es uno de los grandes pilares de nuestras vidas, está presente constantemente, es el motor que hace trabajar al cerebro sin descanso. ¿Cuántas veces hemos maquinado durante minutos, horas, días, buscando la respuesta a algo? Las preguntas son poderosas, las preguntas nos desequilibran, las preguntas nos hacen entrar en crisis. Un simple y ordinario ''¿Cuál?'' nos puede hacer pasar un momento insufrible parados al frente de la heladera de una heladería, con la chica atrás esperando que superemos nuestra pequeña e instantánea crisis existencial que invade a nuestra vida por completo, haciendo desvanecer todo lo demás. Nos olvidamos de nuestros problemas, nuestros recuerdos, nuestros sentimientos, todo. En lo único que se concentra nuestra mente es en elegir qué helado queremos comer. Y nos sentimos desesperados, porque sabemos que necesitamos urgentemente una respuesta. La calma no volverá a nuestro lado a menos que elijamos un estúpido gusto y la heladera nos deje de mirar con cara de culo. (Acá hagamos un pequeño stop. ''La calma no volverá a nuestro lado hasta que la heladera nos deje de mirar con cara de culo''. ¿Por qué? ¿Qué fuerza invisible nos obliga a estar todo el tiempo actuando para los otros? Nosotros dependemos de nosotros, no de lo que los demás pretenden de nosotros. Somos libres, ¿no? Ahora sí volvamos a lo nuestro.) ¿Cuál es la reacción más común? Obviamente, como muy idiotas elegimos un gusto básico, que a lo mejor no es el que más nos gusta, pero sabemos que no le vamos a errar. Dulce de leche, limón, chocolate, el que sea... Pero apuntamos a ese y nos perdemos de comer a lo mejor un buen mascarpone con frutos del bosque o un manzana verde con limón. Pero, de todas maneras, nosotros estamos felices con nuestro dulce de leche. El otro quizás era muy rico, pero nunca se sabe. ¡Miren si nos llegábamos a clavar! Lo admitamos, tenemos miedo al fracaso, a la desaprobación, al ''qué dirán''. Mirenme, acá, escribiendo, que es lo que más me gusta, escondido ridículamente atrás de un pseudónimo porque tengo miedo de que a la gente no le guste lo que escribo. Que le parezca patético. Que se ría. Que me diga que no sirvo como escritor. Y este terror agónico que tenemos al fracaso, o por lo menos yo, es lo que nos genera tanta angustia al momento exacto en que por nuestro cerebro cruza tranquilamente caminando una pregunta cualquiera, porque tememos a no dar con la respuesta adecuada, o a la que todos consideran adecuada. Veamos mi ejemplo: la pregunta ''¿Quién?''. ¿Quién quiero ser? Soy un hombre de preguntas. Un hombre de preguntas que le gusta demostrar lo que le generan esas preguntas. Un hombre que quiere ayudar al mundo o a tan solo una persona con esas preguntas. Un abogado, un periodista, un criminólogo, un filósofo, un escritor, un director de cine. ''¿Dónde?'' ¿Dónde quiero ser? ¿En mi pueblo, en una ciudad, en otro país, entre varios lugares al mismo tiempo? ''¿Cuándo quiero ser? ¿Por qué quiero ser? ¿Para qué quiero ser? ¿Para quién quiero ser?''
A todo esto, estamos hablando mucho sobre el ser, pero... ¿Soy? Y si soy, ¿qué soy?
Mi problema esencial es que paso mucho tiempo buscando respuestas. Mi pasión es buscar respuestas. Pero cuando siento que estoy llegando a ellas, cuando alguien me dice ''caliente'', me acobardo, porque no sé si estoy seguro de ser capaz de afrontarlas. Y me alejo. Y vuelvo a preguntar.


sábado, 11 de agosto de 2012

Cuatro hojas de trébol. (2)

Sonó el despertador. Mateo lo apagó con los ojos cerrados. Pensaba en seguir durmiendo pero se tenía que levantar a estudiar. De tantas cosas por hacer, el día anterior no había podido tocar nada de Filosofía y ese día tenían prueba. Y Filosofía no era una materia para llevarse. Abrió los ojos. El reloj marcaba las 5. Se levantó pachorrosamente y se fue a la cocina a estudiar.
A las 5.45 ya consideraba que sabía bastante bien todo, por lo que decidió echarse una mini siesta antes de ir al cole, total tenía tiempo. El sueño lo estaba matando.
*  *  *
-Che, Mate, ¿te quedaste dormido? ¡Levantate que tenés que ir al cole!
Mateo se levantó de un salto. Miró el reloj. 7.30. ¡Mierda! Siempre se quedaba dormido. Se levantó lo más rápido que pudo, se vistió así nomás, agarró un bizcocho que encontró en la alacena y salió corriendo camino a la escuela. Obviamente, llegó tarde. Sus faltas se habían acumulado y una reincorporación se asomaba lentamente. Entró al aula, pidió permiso y se fue a sentar.
Era una mañana común y corriente, nada más que tenía la adrenalina de la prueba de Filosofía. En todos los recreos se sentaba en el pasillo a repasar. ''Ojalá que no me toque la prueba más difícil'' pensaba, ya que debido a su mala suerte era mucho pedir que le tocara la fácil. Ah sí, el profesor hacía algunas pruebas iguales para los chicos, y también hacía una prueba más difícil y otra más fácil, para agregarle interés al proceso evaluativo.
Llegó la última hora, y con ella el terror de los alumnos de sexto. La prueba. Se sentaron todos separados en la galería del colegio y el profesor fue repartiendo una a una las pruebas a sus alumnos. Cuando llegó al lado de Mateo, se frenó un rato y le entregó la fotocopia con una media sonrisa. Mateo, imaginándose el motivo de esa sonrisa, tomó la hoja con las manos temblorosas y leyó. ''Evaluación parcial de Filosofía. Tema: VAS A PARIR CHANCHITOS''. A Mateo se le cayó el alma a los pies. Definitivamente tenía mala suerte, mucha mala suerte. Se puso a leer las consignas y empezó a trabajar. A los 10 minutos, Francisco, el idiota ricachón del curso se levantó con aire importante y fue lentamente a darle la prueba al profe. Seguramente había pagado para que le toque la más fácil.
Al fin y al cabo le fue bastante bien, había estudiado mucho. Siempre lo hacía, porque quería conseguir de esta forma el futuro que a sus padres les costaba brindarle.
Ese día salió a las 12. Apurado, corrió al super a comprar ingredientes para cocinarle algo a sus hermanos ya que sus padres trabajaban hasta tarde. Llegó a su casa a eso de las 12.50, y rápidamente cocinó unas milanesas para que sus hermanos se pudieran marchar al colegio.
Una vez que sus hermanos partieron, Mateo se cambió de ropas y se dirigió a la obra en construcción en la cual estaba trabajando como albañil para reunir fondos para ir a la Universidad al año siguiente. Terminó a eso de las 5, volvió a su casa a bañarse y se fue al banco a cobrar.
Ese banco era un infierno, ya que era el único que abría la tarde. La cola era infinita. Mientras Mateo se acomodaba en el final de ésta, vio como Francisco y su padre entraban por la puerta y un policía los hacía pasar a un cajero. A veces envidiaba mucho a ese chico.
Luego de una hora eterna de cola, Mateo llegó al cajero. Cuando entregó el cheque al empleado, éste lo miró con cara extraña. Revisó el cheque, una, dos veces, y se lo devolvió. Por no sé qué problema el cheque era inválido, y tenía que volver al día siguiente. A Mateo le dieron ganas de empezar a gritarle a la gente. Como no ganaba nada con eso, salió resignado del banco y se fue a encontrarse con su novia Paola. Estaba enamorado de esa chica desde primer año y nunca había tenido el valor de decírselo. Ese año, luego de juntar mucho valor se lo había confesado, y tras remar bastante tiempo finalmente había logrado ponerse de novio con ella. Muchos estaban con una chica diferente cada fin de semana, pero a él solamente le importaba la chica de cabello castaño lacio y esos enormes ojos verdes que en ese momento lo miraba desde la hamaca de la plaza.
Pasó una hora con ella, la acompañó a su casa y luego emprendió viaje a su práctica de basquet, a la cual, como no era de extrañar, llegó tarde. Tuvo que correr y hacer más abdominales y flexiones que sus compañeros. Trató de esforzarse al máximo y al final consiguió su lugar en el plantel para el juego del domingo.
Volvió caminando cansado a su casa, y llegó a eso de las 9.30. Cuando estaba por abrir la puerta de su hogar vio algo verde a sus pies que le llamó la atención. Eran dos tréboles de 3 hojas. Los alzó y se los metió en el bolsillo.
Esa noche se bañó, ayudó a sus hermanos con las tareas, hizo las suyas, cenó con su familia, lavó los platos y se fue a dormir. Cuando entró a su habitación -que compartía con sus hermanos- se encontró con los dos tréboles de 3 hojas. Una idea iluminó su mente. Cortó una hoja de uno de los tréboles, y le pegó con cinta dos hojas del otro trébol. Había formado un trébol de 4 hojas. Pensó en todo lo que él, apenas un chico de 18 años, podía lograr por sí mismo.
-¿Quién dijo que yo no tengo buena suerte?
Sonrió a su trébol encintado y lo guardó en la mesita de luz.

martes, 22 de mayo de 2012

Trébol de cuatro hojas.

Sonó el despertador. Tirando un par de manotazos al azar, Francisco lo pudo apagar. Eran las 5.30 de la madrugada, el muy idiota no se había dado cuenta de cambiar la hora de la alarma y había dejado la que había usado el día anterior para levantarse a estudiar. Como todavía faltaba rato para tener que levantarse se volvió a dormir.
*  *  *
-Che Fran, ¿te olvidaste de poner el despertador?
Francisco se levantó de un salto. Miró la hora en su celular. 6.50. Suspiró, aliviado; estaba con tiempo de sobra para preparase para ir al cole. Se levantó, se cambió, bajó a la cocina donde un desayuno imperial lo estaba esperando, preparado por su mucama; comió hasta llenarse, se cepilló los dientes, preparó su mochila y se fue al colegio en su auto propio. Llegó demasiado temprano así que dejó sus útiles en el aula y se fue a charlar con sus amigos a la galería.
La mañana transcurrió normal. Lo único diferente de ese día escolar era la prueba de Filosofía. Eran pruebas super difíciles y el profesor además, por diversión, hacía dos pruebas distintas a las otras, una más fácil y otra más complicada; a éstas las mezclaba y le tocaban al que le tocara; así de simple, al azar, a la suerte. Francisco no había estudiado porque estaba confiado en que le iba a tocar la prueba fácil, y en caso de que no le ocurriera seguramente el profesor le iba a hacer gancho y le iba a poner una buena nota, al fin y al cabo todos hacían lo mismo. Se preguntarán por qué, y la respuesta es simple: el padre de Francisco era el hombre más rico de toda la zona, y además de eso tenía bastante poder político. Su familia era propietaria de una empresa petrolera y de la mayoría de los campos y negocios que daban trabajo a mucha gente de esa región. Por eso todo el mundo era bueno con él, lo trataban bien y demás. A veces se sentía triste porque no sabía si la gente era de esa manera con él por su padre o porque él les caía bien, pero más allá de eso admitía que su vida era mucho más fácil gracias a su apellido. La cuestión era que no había estudiado nada de Filosofía, pero sabía que le iba a ir bien.
Llegó la hora de la prueba, y como Francisco había predicho, le tocó la más fácil. Tenía que desarrollar un par de conceptos pavos, así que guitarreó la mayoría de la evaluación. Tenía un 8 o un 9 asegurado. Terminó, se levantó y fue caminando entre todos sus compañeros -que estaban concentradísimos en sus pruebas- preguntándose a quién le habría tocado la prueba más difícil. Llegó a donde estaba el profe y le entregó la hoja con aire satisfecho. En realidad ni siquiera sabía para qué iba al colegio, si tenía el futuro servido en bandeja por su papá.
Ese día salía a las 12. Llegó a su casa y se sentó a ver tele mientras Marta, la mucama, le hacía de comer. Esta vez lo deleitó con un pollo con salsa de cuatro quesos, acompañado con puré y verduras al horno. Finalizada la comida, se retiró a su habitación y se echó en su cama de dos plazas a dormir una buena siesta. 
*  *  *
Eran las 5 de la tarde. Francisco iba en su auto acompañado por su padre. Se dirigían al banco, a cobrar el premio de la lotería con el cual iban a pagar el viaje a Bariloche. Era un banco muy concurrido ya que abría por la tarde. Cuando llegaron, se encontraron con un mar de gente. Las filas eran interminables. Igual eso no era problema para el padre de Francisco, que llamó a un guardia y en seguida estaban siendo atendidos en una ventanilla.
Al salir del banco, llevó a su padre de nuevo a la empresa familiar y fue a encontrarse con Paulina, una chica de 5° año con la que había empezado a salir el fin de semana anterior. Bah, ''salir''. Hasta que se aburriera y consiguiera otra. A Francisco no le costaba mucho conseguir chicas, ya que era bastante fachero y sumado a quién era, las chicas prácticamente lo buscaban a él. Estuvo con ella hasta aproximadamente las 7 y algo, momento en que la llevó a su casa y se fue a su práctica de basquet. Ese día no hizo mucho, se sentía cansado y además siempre lo ponían en el plantel. 
Llegó a su casa a eso de las 9, bajó del auto y al hacerlo miró hacia el piso y vio algo que le llamó la atención. Se había caído un trébol de cuatro hojas de su bolsillo. Extrañado, lo alzó y se lo llevó adentro.
Se bañó, hizo sus tareas, cenó y se fue a dormir. Cuando entró a su pieza vio que el trébol estaba arriba de su almohada.
''Sí, definitivamente tengo buena suerte'', pensó, y guardó el trébol en su mesita de luz.